Suele ocurrirme. Después de un día de pintura, después de un día entre las cuatro paredes del estudio, salgo por fin al aire libre y me dirijo hacia el oeste.
En esa hora, a la caída de la tarde, cuando el sol se esconde por el horizonte, hay una última claridad sin sombras en los árboles, en las casas, en las personas. Y cada cosa es en si misma, cada ser iluminado desde dentro.
Y en ese silencio me siento un visitante contemplando con urgencia la última luz, un aparecido que camina sin su sombra. Un hombre amnésico y exiliado que abandonó no sé cuando ni en qué tiempo una casa olvidada en algún sitio lejano.
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